18 junio 2006

Vivir en las nubes

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Posiblemente viva en las nubes. Es una posibilidad. Pero también es posible que no sea yo quien vive en las nubes.

Cuando J. L. R. Zapatero, presidente del Gobierno de España, va y dice, y lo dice con total conciencia -e impunidad, por lo que se ve-, que defenderá los intereses de los ciudadanos, de los consumidores y de España, respetando los tres niveles: me asusto. Los intereses de ese sujeto que por comodidad literaria, espero, llamamos España ¿no son los de los ciudadanos de España?, el españolito medio ¿tiene intereses divergentes en cuanto que ciudadano o en cuanto que consumidor? España ¿a qué o a quién representa cuando sus intereses no son los de los ciudadanos de España? ¿A los intereses de los que gobiernan las corporaciones-empresas? Y si son tres los niveles ¿qué nivel manda más? Obvio... Ustedes mismos pueden opinar sobre la respuesta más probable, dada esta peculiar forma de presentar los intereses.

Cuando H. Terstch, también con plena conciencia de su discurso, clama al cielo por las prisiones de Guantánamo y de Bagram ¿lo hace por la intrínseca maldad de éstas? No, por cierto. Teje sus argumentos con los mimbres de una moral utilitaria e instrumental: son malas por que su existencia "presta un terrible servicio al enemigo en su lucha contra [...] las democracias". Así que, obviamente, si no prestaran ese servicio al enemigo... o ¿por qué no? si la relación coste-beneficio fuera favorable... Ustedes mismos pueden rellenar los puntos suspensivos.

Cuando S. Naïr toca a rebato concienzudamente contra el "choque de civilizaciones" y a la vez alaba la opción del gobierno español por "el diálogo y la alianza de las civilizaciones", basa su manifestación en Montesquieu ('la libertad de uno termina donde comienza la de los demás'). Ufano él, no ve que es precisamente esa tesis la que da pie a una lucha por la definición de fronteras (mi libertad contra tu libertad: palmo que gano, o pierdo, palmo que pierdes, o ganas), lucha que lleva el germen del cada vez más probable, aunque aún no indefectiblemente determinado, choque de civilizaciones.

¿Y si cambiáramos ligeramente la máxima y dijéramos "la libertad de uno empieza donde empieza la de los demás y termina donde la de los demás termina"? Veríamos, entonces, que el problema de la libertad de expresión no está tanto en el significante (cómo se expresa la libertad de expresión) como en el significado (qué expresa la libertad de expresión): no existe libertad -ni capacidad- de pensamiento sin libertad de expresión... Ustedes mismos podrán opinar sobre en qué países existe libertad de pensamiento y en cuales no, y qué obvia relación existe entre las dos listas y la libertad de expresión.

O vivo en la nubes, o estas tres personas, dignas del máximo crédito en cuanto a sus capacidades intelectuales, están mediatizadas por no sé qué.

Realmente, no lo sé.

01/03/06

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