13 junio 2006

Cinco ideas, cinco, sobre la libertad...

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I - De la libertad y la responsabilidad
Confundir la libertad de expresión con la falta de responsabilidad sobre lo expresado (responsabilidad, que no autocensura) ya no cabe desde que en 1588, año en que se editó la segunda versión del 'Essais', Montaigne nos avisara lúcidamente: "La parole est moitié à celuy qui parle, moitié à celuy qui l'escoute" ("La palabra es mitad del que habla, mitad del que escucha", 'Ensayos I', según traducción de Maria-José Lemarchand, Gredos, 2005). Recordemos que en la segunda mitad del s. XVI, Europa estaba inmersa en terribles matanzas por razón de fe (carnicerías, según acertada descripción del mismo Montaigne, entre la propia gente cristiana, así como entre éstos y la gente musulmana) y que fue entonces cuando Montaigne, referencia y padre de librepensadores, defendió sus libérrimas posiciones contra todo enfoque dogmático (su 'Essais' fue incluido en el Índice por 'nuestro' Santo Oficio, allá por el año 1676, o.c. pág. 24). Mas en su tremenda libertad, Montaigne, no sólo no pierde de vista la responsabilidad en la cual quién habla incurre: ‘moitié à celuy qui parle’, sino que demanda igual responsabilidad y obligación a aquél que la escucha: ‘moitié à celuy qui l'escoute’. La actuación de aquél que escucha la libérrima palabra está sometida a la estricta e inalienable responsabilidad del propio actor, pues al actuar se apropia de la palabra y queda obligado por esa apropiación. En otras palabras: el vudú -o el hecho religioso- sólo afecta a quien cree en él. La invectiva -con arte o sin arte- sólo te afecta si dejas que te afecte, si te sientes afectado.
No busquemos los límites de la libertad de expresión en supuestos respetos a la ideas: las ideas no son heridas de muerte, tan sólo se contra argumentan con mejor o pero tino, con mejor o peor arte.
Dice F. Savater (El País, ‘Fanáticos sin fronteras’), algo muy atinado sobre los que al pedir respeto caen de cuatro patas en un desmedido error: “¿Por qué lo llaman respeto, cuando quieren decir miedo?”. Lo que debemos -y podemos- respetar y defender es la integridad de la personas. Nunca podremos -ni deberemos- cubrir bajo derecho alguno expresiones como “Preparaos para un ‘verdadero’ holocausto”. Los límites a la libertad de expresión, siempre borrosos, persistentemente ambiguos, históricamente determinados–y por ello: cambiantes- no pueden ni deben restringir más de lo que Montaigne advierte: ‘La parole est moitié à celuy qui parle, moitié à celuy qui l'escoute’.

II - De los límites de la libertad
A mi no me importa el ‘qué dirán’. En serio: hoy ya no me importa. Ahora bien, sí me importa, y mucho, el ‘qué harán’ en base a el ‘qué dirán`. Y no es un trabalenguas. Parafraseo, primero, una vieja y conocida idea: “Caballero, yo no comulgo con lo que usted afirma, pero daría mi vida por la integridad y la dignidad de la suya –pues a la postre se trata de la integridad y la dignidad de la mía-”. Como decía, no me importa aquello que otro diga, pero si lo que terceros hagan con lo que ese otro dice. Sé que por que alguien diga de mi algo obsceno y perjuro, no pasaré por ello a ser obsceno, pero un tercero puede actuar contra mí -incluso físicamente- en base a lo que ese alguien hubiera dicho: he ahí el límite de la libertad de expresión (y de obra). Difuso y resbaladizo, pero límite: para eso están los abogados defensores, fiscales y jueces.
El límite, sostengo, está en las acciones que un tercero pueda creer de legítima (aunque sepa no legal) realización contra un sujeto en base a, y derivadas de, lo que un segundo dice de ese primer sujeto. En esta sociedad –y no vivimos en otra- la libertad de expresión tiene, por ejemplo, un límite: la shoa. Bajo ningún concepto puede aceptarse expresiones denigrantes contra judíos (o mujeres, o negros, o árabes, o gays o cualquier otro grupo socialmente ‘débil’) por ser judíos (o mujeres, o negros, o árabes, o gays o cualquier otro grupo socialmente ‘débil’), pues siempre existirán criminales que encontrarán en ellas inicuas y perversas legitimaciones para sus canallescas acciones. Acciones que, no olvidemos, tendrán como objetivo la integridad y la dignidad de seres concretos, personas vivas, judíos (o mujeres, o negros, o árabes, o gays, o...), seres siempre irreemplazables.
¿Deberemos callar, pues, ante el peligro de suscitar acciones criminales? Una respuesta afirmativa sería falaz, pues se basaría en el relativismo y en el determinismo. En el relativismo, cuando busca un falso punto intermedio entre fanáticos de cualquier idea, ya sea política, filosófica, religiosa etc, como si toda idea, todo concepto, por ser idea, por ser concepto, mereciera respeto (vale recordar el concepto de honor virginal y el asociado de crímenes de honor, el concepto de ablación del clítoris y el asociado de extrañación y marginación para las no sometidas). Y es determinista, pues sugiere la imposibilidad de escaparse, de inhibirse del discurso de un tercero: cual si fuéramos máquinas, de las que se aprieta el botón y salta.
Pues no: no debe rezar lo mismo para con las ideas, religiones, dogmas y similares.
Si a mí, ser frágil y breve, puede no importarme el ‘qué dirán’, con la excepción ya explicada del ‘qué harán’ ¿qué podemos decir sobre la importancia que un cierto Ser Supremo, o sus magníficos Profetas, pueda otorgar a nuestros dimes y diretes? No entraré en teosofías o teologías, sólo recordaré que ni lo que nosotros digamos, ni lo que terceros hagan en base a lo que nosotros decimos, podrá nunca alcanzar ni una hebra de su sustancia. Y siendo así, siendo que nuestras expresiones y obras no podrán nunca ni acercarse a tan inefables e inalcanzables Seres, siendo que, por lo que a estos Seres refiere, sólo podemos atenernos a relatos indirectos (algo así como si fuera mi vecino el que se incomodara -muy humano y de agradecer- por que de mí hicieran broma, y reaccionara -sigue siendo humano, pero ya no es de agradecer- sin cerciorarse si soy o no alcanzado por la ofensa) ¿por qué hay tantos –hasta Kofi Annan, hasta ONG, hasta responsables de periódicos- que se empeñan en sacrificar la libertad de expresión y sustituirla por la aceptación de la más brutal de las censuras: la de la amenaza del crimen? ¿por qué tan pocos ponen la dignidad y la integridad concreta de personas concretas por encima de las ideas, necesariamente abstractas? ¿no vemos que estamos cayendo en la auto inmunización? La libertad de expresión sólo puede tener un límite: la integridad y la dignidad concreta de personas concretas. Y si la frontera es difusa: abogados, fiscales y jueces mandan.

III – Del derecho a la propia opinión.
Kant, que desarrolló su obra durante la segunda mitad del siglo XVIII (1724-1804), escribió en el lejano 1786 un opúsculo determinante sobre la libertad de opinión: "¿Qué significa orientarse en el pensamiento?". Para que exista fehacientemente la libertad de opinión, dice, ésta debe poder ser expresable y poder ser expresada, por lo que no cabe menoscabarla en ninguno de los sentidos: la falta de educación e instrucción (‘poder ser expresable’) y la falta de libertad de expresión (‘poder ser expresada’) atentan directamente a la expresabilidad (lo siento por el palabro) de la opinión propia, atentan al derecho a pensar. Leamos a Kant: "Puede decirse, por tanto, que aquel poder exterior que arrebata a los hombres la libertad de comunicar públicamente sus pensamientos, les quita también la libertad de pensamiento: la única joya que aún nos queda junto a todas las demás cargas civiles y la única mediante la cual puede procurarse remedio a todos los males de ese estado" (en “En defensa de la ilustración”, Alba, Barcelona, 1999, pp. 165.).
Podemos concluir, exprimiendo a Kant, que la única manera que tiene la ciudadanía de alcanzar un pensamiento crítico y competente acerca de la ‘res publica‘ reside en su derecho a opinar, derecho que no puede subsistir sin aquel otro que le permite expresar en viva voz lo que opina: el derecho a la libertad de expresión. La libertad de expresión, entonces, no es un derecho que obtenga la legitimidad por sí mismo, como le ocurre, por ejemplo, al derecho a la propia integridad física o psicológica (mi inalienable derecho a ser un fin en mí mismo), sino que la adquiere por ser la única vía por la cual una persona puede alcanzar a ser persona: el derecho a pensar por sí mismo. Y si aceptamos que para nosotros, seres simbólicos, ésa es la única vía para alcanzar ser ser humano, entonces el derecho a la libertad de expresión deviene tan fundamental e inalienable como el derecho a la integridad física y psicológica.

IV – Del derecho común.
Tal vez me repita, es la edad, pero reniego de la frase presuntamente liberal y presuntamente progresista que busca delimitar mis libertades y mis derechos: “La libertad de una persona empieza donde acaba la de su vecino (y viceversa)”. La vemos mil veces dicha, redicha y expuesta como argumento final e inapelable. Y se dicen los ofendidos y los ofensores: “su (mi) libertad empieza donde acaba la mía (suya)”, y no se encuentran, y con esas vallas liberales (mentales) se enrocan en sus jardincitos. La oímos en boca de politólogos, analistas, intelectuales, ideólogos o sacerdotes (curas, rabinos o imanes), la oímos en boca del pueblo llano y de la cualquier elite bien pensante, en boca de tirios y troyanos: todos delimitando muy consecuentemente su libertad y su derecho ¿No vemos, acaso, que esa categorización de los derechos y libertades conlleva irremediablemente a que toda negociación sea de suma cero? Si muevo una palmo mi libertad ¿no es a cambio del palmo del otro, sea este individuo, clase, etnia, nación o estado? Si el otro suma ¿no es a cambio de que yo vea, sienta, suponga mermado y menguado mi derecho en igual cantidad?
“Mis libertades y derechos empiezan donde empiezan los tuyos y acaban donde acaban los tuyos”.
Y no es una frase de buena voluntad. No es un deseo: es una ley inapelable. No puedo ser libre si no es rodeado de seres libres. No puedo ejercer mis derechos si no es entre personas con iguales derechos. Y, vuelvo a recordar, las cuestiones culturales NO son un derecho por ser culturales o por ser particulares: la ablación del clítoris NO es un derecho, la venta de humanos NO es un derecho, la prostitución NO es un derecho.
Es un derecho universal e inalienable el que las leyes respeten los llamados derechos positivos y negativos. Derecho positivo: la ley -la Administración- debe facilitarme (y no sólo no impedirme) el acceso a mis derechos: por ejemplo, libertad de culto se concreta en facilitar el acceso a la creación y uso de iglesias, mezquitas, sinagogas y similares. Derecho negativo: la ley debe protegerme de (y no sólo no obligarme a) deberes que atenten a mi integridad: por ejemplo, libertad de no culto, que se concreta en el derecho a no observar los ritos y costumbres de terceros.
Según el ejemplo clásico: tengo derecho a que no me maten o hieran (derecho negativo) y tengo derecho a que me faciliten los instrumentos -cuando niño: educación, comida, alojamiento- para poder vivir (derecho positivo).
Asumiendo que siempre habrán zonas grises, cuyo análisis no será un trabajo liviano, cabe sostener que si hacemos chocar los grandes temas (como por ejemplo: ablación, virginidad, libertad de expresión) contra el concepto de derecho positivo y derecho negativo, quedará poco margen para la duda: mi libertad y mi derecho confluyen y se identifican con tu libertad y con tu derecho, seamos quienes seamos tu y yo. Y no es una negociación de suma cero, es un transacción donde siempre sumas o siempre restas.
Y ya que se trata de la libertad de expresión, centrémonos en ella. La ley que protege el derecho a la libertad de expresión debe pasar por el tamiz del derecho positivo y del derecho negativo. Y lo hace. La actual legislación europea respeta y defiende, con límites jurídicos objetivos e históricamente dados, la exposición y declaración de las ideas así como respeta y defiende el no obligar a asumir como propias las ideas de un tercero. Y eso es así sin importar el origen, sexo o condición del ciudadano europeo, o transeúnte en Europa, que la ejerza.

V – De la responsabilidad y la libertad (y vuelta a empezar...).
En un río de libertad siempre se producirán salpicaduras: gotas de agua inocuas en sí. Ahora bien, que éstas caigan en aceite hirviendo y que sean la causa de otras salpicaduras, ésas si abrasantes y ruidosas -cuando no letales-, no es motivo para cargar al debe del río de libertad lo que en conciencia debemos adeudar en la cuenta de aquellos que, ellos sí: con pleno conocimiento, atizan el fuego que calienta el aceite, y que usualmente son tanto tirios como troyanos: gobierno de Bush, gobierno de Olmert, gobierno de Ahmadineyad, gobierno de al Asad... y no sigo para no aburrir con la letanía.
Llamar al agua gasolina, en metáfora tantas veces utilizada: la última por doña Gema Martín, no es una elección inocente: es condenar de antemano por medio del significado de la opción escogida: la gasolina está creada para arder, tanto si quien la recibe es cemento como si es fuego desatado. El ejemplo escogido prefigura así, y a la vez enjuicia y falla, la intención del actor: lo hizo, viene a afirmar en este caso, por que en su voluntad estaba el que ardiera.
Y si más que inocente salpicadura, se tratara de doloso remojón: atentas están las leyes y para eso está el estamento judicial y el legítimo derecho a requerir su intervención por todo aquel que sienta su integridad mellada. Y si las leyes que protegen la integridad de la persona han sido superadas por nuevas realidades, para eso están los parlamentos, y tras ellos la sociedad civil, para debatir y proponer su adecuación. Cualquier otro intento cae en el peligroso terreno de la autocensura, la censura o, peor aún, la auto inmunización: actuar contra uno mismo como consecuencia de percibirse a sí mismo como el gen patógeno.

Febrero/2006

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