22 marzo 2007

Las profundas divisiones políticas

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Las profundas divisiones de la izquierda italiana...

Cuando el homenaje al Guti, estuve hablando con mi amigo XXXXXX sobre el incontrovertible hecho de que las izquierdas tienen un especial capacidad de desintegrarse en grupos. Adujimos, los dos, como una posible causa de que ello no ocurra en las derechas el hecho, también incontrovertible, de los intereses económicos –más que ideológicos– que éstas tienen, sobre todo si detentan el poder.

Le advertí de que en la extrema derecha ocurre lo mismo. Estuvimos divagando sobre personalismos, cosa que puede ser común a derechas e izquierdas, sobre prevalencia de ideología –como teoría, pero con cierta carga negativa y peyorativa– sobre práctica, cosa que también puede ser común a todo el espectro político, sobre todo si no está en el poder... y lo tuvimos que dejar porque empezaba el emotivo acto de homenaje a Antonio Gutiérrez Díaz, el Guti.

Me quedé, pues, con el mal sabor de boca de dejar igualadas derechas e izquierdas ¿es posible que hoy, y cuando se alcanza el poder, y por lo que hace a la patrimonialización del mismo, las izquierdas no sean más que derechas progresistas, o que, viceversa, las derechas no sean más que izquierdas reaccionarias?

Las fuerzas centrífugas que se desatan en los partidos que no están en el poder ¿tienen en las derechas y en las izquierdas la misma razón última?

Tal vez, y de alguna manera, lo ocurrido en Italia con el gobierno Prodi nos de una clave en negativo: las izquierdas, al defender unos réditos abstractos y nada concretos, se ven abocadas a una defensa de intereses siempre situados más allá de lo que motiva el pragmatismo del corto –cortísimo, a veces– plazo de la gestión del poder. Y con ello no acuso a esa izquierda de pedir que nos sacrifiquemos hoy para disponer del paraíso mañana –que es, en cambio, lo que suele demandarnos la derecha–, sino que alabo su gestión con vistas al medio y largo plazo, a la par que indico la intrínseca dificultad de llevar dicha gestión a la práctica y congeniarla con medidas pragmáticas, la oportunidad de las cuales –siempre cuestionable, obviamente– suele desestabilizar las alianzas –usualmente, las de izquierdas.

Afirmo que sí hay algo intrínsecamente distinto en las políticas de las izquierdas y de las derechas, y que aún generando efectos similares, lo hacen en diferentes sentidos.

...no son menos profundas que las profundas divisiones de la derecha francesa.

El extremo cortoplacismo de la derecha y la extrema derecha, pues su estrategia, cuando se pueda llamar así, se basa en no cambiar nada ni a corto ni a medio o largo plazo –o cambiar para “detrás”, en lo que sería un negativoplacismo–, sólo obtiene réditos si llega al poder e implanta aquellas medidas que permiten sojuzgar al contrario, y sólo evita la diáspora de sus cuadros si logra vender (sí: vender, incluso económicamente) la posibilidad de obtener esos réditos. Otro tema es quién les vota, de lo que aquí no hablamos, y de cómo protege el mínimo suelo de votos para mantenerse como posibilidad de poder.

La visión a largo plazo de la izquierda, inherente a cualquier cambio “hacia delante” de la sociedad –aún sin saber qué es adelante o qué es detrás, excepto juicio moral previo mediante–, se ve sometida a la misma tensión: sólo si es capaz de convencer(se) de que es una alternativa viable, racional y razonable –y argumentada hasta la extenuación– logrará que sus cuadros se mantengan en una organización determinada y evitará que se planteen formar otro partido con su propia alternativa viable, racional y razonable –y argumentada hasta la extenuación–. Con la desventaja, asumida con ganas como necesaria, de que la creación de espacios de libertad le impide –si quiere seguir siendo una opción de izquierdas– sojuzgar al contrario bajo pena de lesa ideología. También es otro tema quién les vota, de lo que aquí no hablamos, y de cómo mantiene el mínimo suelo de votos para salvaguardar la posibilidad de presentarse como alternativa.

Podemos afirmar que el hecho de tener la capacidad de gestionar el poder siempre es un poderoso –valga la redundancia– elemento de cohesión, que tapa fuerzas centrífugas, fuerzas cuyo sentido es, en general, radicalmente opuesto en las derechas o en las izquierdas. Pero...

Pero sin prejuzgar por su ubicación ideológica maldades –o bondades– intrínsecas en las actuaciones individuales –maldades que pueden darse en personas de todo el espectro ideológico y ante las cuales sería la justicia la encargada de emitir el fallo–, los réditos abstractos y generales no deben –pero pueden: he ahí el peligro– amparar intereses concretos y particulares –aunque sí afecten a personas concretas–, excepto que aquéllos réditos no sean tan abstractos ni tan generales –con lo que estarían siendo pervertidos–, por lo que en aquellas políticas donde las medidas a medio y largo plazo sean definitorias de las estrategias del poder –y ello puede darse en cualquier opción política: las derechas e izquierdas siempre son relativas: la derecha alemana, y parte de la francesa, podría pasar por un centro izquierda español...–, éste será menos cohesionante –y por ello, menos estabilizante– y será mas fácil caer en crisis provocadas por la praxis de la gestión del poder. Ejemplos no faltan.

Así que no. No son iguales las fuerzas que desintegran a un partido –de derechas o de izquierdas– que no esté en el poder o que no tenga posibilidades de detentarlo.

Y no, no es el poder económico lo que mantiene atemperadas las fuerzas centrífugas de los partidos de izquierda –por lo menos en todo aquello en que estos puedan ser llamados de izquierdas.

Es cuestión al margen, cuyo tratamiento desborda el concepto de derechas –por ampliación y subordinación del mismo, que no por negación–, la poderosa fuerza centrípeta de la política identitaria. Tan poderosa –y tan ideológica– es esta fuerza que al no necesitar del cohesionante poder económico, casi, casi se confunde –mimetizándose, cuando le dejan– con las teorías de izquierda.

Resumiendo: el poder cohesiona, sí. Pero en un caso es el poder –como sustantivo– de poder hacer algo desde la ética y moralmente aceptable, y en el otro es el poder –como verbo– poder.

Respectivamente: izquierdas y derechas; visión a medio y largo plazo y visión a corto plazo; actuación ética y universal y actuación no ética y sectaria.
El poder como instrumento o el poder como fin. En eso nos distinguimos.

05/03/07

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