08 octubre 2016

¿Por qué la III Revolución Industrial genera más paro que trabajo?

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Primera revolución industrial (1760-1860): una Europa devastada por las guerras, una mini-glaciación (1550 a 1750) que provocó malas cosechas y hambrunas, pestes y plagas entre a lo largo de todo el s XVII, el hambre y el malvivir en el campo (hambrunas por malas cosechas y enfermedades diezmaban a la población, prácticamente estable entre los siglos XVI al XVIII, en torno a los 100 millones) eran la realidad en Europa, realidad que, a raíz de la llegada de unos años de buenas cosechas y de la propia revolución industrial, se revertió y permitió, en apenas 100 años, pasar a 200 millones de habitantes. Las nuevas condiciones de la gente, aunque no tan malas como en el periodo anterior, distaban de ser buenas.
Todo lo contrario: para nuestros cánones eran poco menos que inaceptables, y para Charles Dickens también, basta con leer su libros teñidos de una fuerte crítica social. Con todo, no podemos afirmar que la primera industrialización expulsó a la gente del campo hacia la ciudad, sino que la gente vino a la ciudad atraída por la industrialización, por la posibilidad de morir menos de hambre. Se estima que en los 100 años de la primera revolución industrial el PIB se multiplicó por tres.

En la Segunda revolución industrial (1860-1930) se darán hechos ambivalentes por la presión que nuevas formas de producir ejercían en industrias maduras, de ahí el ludismo. Pero estamos ante un proceso similar al anterior, ya que las mejoras que esta segunda industrialización trajo consigo (y no solo por cambios tecnológicos, sino también organizativos) permitirá que a primeros del s XX la población europea supere los 410 millones, además de los que emigraron a las Américas y a Oceanía entre 1850 y 1920 (alrededor de 40 millones). Se estima que en esos 70 años el PIB europeo se multiplicó por ocho. Si combinamos este incremento con el anterior, en 170 años el PIB europeo se multiplicó por 25, es decir, un 2.500%.

Con la maduración de la primera revolución, pero especialmente con la segunda, aparecerá un fenómeno sociológico nuevo: la salarización del trabajo. Y ya en las postrimerías de la segunda, y junto a la salarización, la conversión del consumo en consumismo (la genialidad de Ford lo supo ver en 1914: doblar el sueldo a los empleados era conveniente para que pudieran comprar los mismos productos que producían, y ello, argumentaba Ford, era bueno para la sociedad… y aunque no lo dijera, también para la cuenta de resultados de las empresas). Ford denominó a este incremento una forma de compartir el beneficio, y si bien el fin último era otro (incrementar sus beneficios y su cuota de mercado), no por ello dejaba de ser en parte verdad.

Si hasta la segunda revolución industrial fue la apropiación del excedente (en forma de consumo de la élites y bienes de lujo) el motor de la economía, a partir de la maduración de la segunda aparece de la mano del salario un nuevo fenómeno, el consumo (y después, el consumismo), que promoverá una nueva forma de apropiación: los propietarios de los medios de producción ya no querrán apropiarse del excedente (o no de todo: el consumo de bienes y servicios de lujo existe), sino de su valor. Pero el valor del excedente sólo lo podrán realizar a través de la venta (o sea, a través del consumo. tal y como Ford lúcidamente advirtió… y Antón Costas lo recordó en el año 2011[1]).



Las dos revoluciones industriales, más que empobrecer a una parte de la sociedad, y así empujarla a la ciudad, fueron verdaderos polos de atracción (más nítida la primera que la segunda) que mejoraron su vida, ya que no sólo absorbieron cierta (e innegable) destrucción de trabajo artesanal, sino que permitieron que Europa (por seguir con el ejemplo) pasara en poco más de siglo y medio multiplicara por cuatro su población, pasando de 100 M a 410 M de habitantes, mientras que el PIB lo multiplicaba por 25.

Es necesario reiterar la importancia que tuvo la salarización, y su efecto, el consumo, como motor del crecimiento tanto económico (recordemos el enorme crecimiento del PIB) como demográfico (crecimiento debido en buena parte a la mejora de la salud en general y de la infantil en particular, valga como indicador que entre 1730 y 1830 los menores de 5 años que sobrevivían pasaron del 25% al 70%, y la esperanza de vida, que pasó de 30-40 en el S XVIII a 50-60 años a inicios del S XX; hoy, en Europa, la esperanza de vida está en unos 79 años).

Las dos revoluciones industriales crearon millones de puestos de trabajo inducidos desde la propia razón de los cambios que propiciaba. La revolución tecnológica creaba puestos de trabajo inherentes a la propia tecnología desarrollada.

En los "gloriosos 30" (1945-1973) no hubo ninguna revolución industrial, pero un traspaso de rentas del Capital al Trabajo supuso particularmente en Europa una de etapas las más fructíferas económica y socialmente hablando, por lo que la situación de salida social y económica, tras estos "30 gloriosos", no era de pobreza y carencia, sino de abundancia (sin obviar la participación del neocolonialismo económico en la creación de esa abundancia) y salud.

La primera ola de la Tercera Revolución (más tecnológica que industrial: la informática en las décadas de los 60, 70 y 80) generó un elevado número de puestos de trabajo en el llamado sector de servicios y de alguna manera la destrucción de puestos de trabajo en los sectores primario (principalmente) y secundario (en menor medida, pues el impacto será más tardío) se trampeó con la industria del consumo y de los servicios: “En los inicios del presente siglo, el incipiente sector secundario era capaz de absorber varios de los millones de campesinos propietarios de granjas desplazadas por la rápida mecanización de la agricultura. Entre mediados de la década del 50 y principios de los 80, el sector de servicios fue capaz de volver a emplear a muchos de los trabajadores de ‘cuello azul’ sustituidos por la automatización” (Jeremy Rifkin, El fin del trabajo, Paidós, Madrid, 1997, p. 59).

Pero esto fue “ayer”, y en las siguientes olas (las comunicaciones, años 80 y 90, y la última con la automatización y la robotización) el panorama cambió ¿Qué nos depara hoy la tecnología con respecto a la ocupación? Pues parece ser que la esperanza de que vuelva a suceder lo que aconteció en el s XX es vana, pues ocurre que “el optimista principio de la “destrucción creativa de empleos” no se cumple esta vez. La pérdida de empleos provocada por la digitalización no encuentra contrapartida con la creación de otros que equilibrarían la balanza. Ni siquiera las start up, tan pregonadas como fuentes de empleo, funcionan.” (Gregorio Martín Quetglas, catedrático de Ciencias de la Computación de la Universidad de Valencia, El País, 06/01/2015).

 http://gestindelamemoria-felix.blogspot.com.es/2014/04/evolucion-de-la-poblacion-ocupada-por.html
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Hoy, y según sostiene el estudio publicado el año 2008 bajo el título Nuevas tecnologías, nuevos mercados de trabajo, la Fundación SEPI (Ministerio de Hacienda y Administraciones Públicas, Gobierno de España, páginas 287 y ss) estamos ante una situación inédita: “al contrario de otras revoluciones tecnológicas anteriores, el empleo del sector [servicios] ha recibido el principal impacto [negativo] de las nuevas tecnologías, especialmente [y este dato es extraordinariamente significativo] en actividades y ocupaciones protegidas de la automatización y de la informatización… La tendencia que se apunta es que la tecnología tiende a destruir empleos… considerándose el desempleo tecnológico como una tipología del desempleo estructural.” Lo novedoso es que, dentro del sector de servicios, ni tan siquiera el sector tecnológico está libre de los zarpazos del desempleo estructural que la automatización y la robótica imponen en las sociedades maduras.

¿Servicios en app de Androide o Apple? ¿convertir las aficiones en precario autoempleo (https://goo.gl/v8btFE)? Tal vez a los jóvenes no les quede otra opción, pero no creemos que nadie se atreva a decir que ahí está la solución para el "consumidor ahogado" (https://goo.gl/LvMOnG).




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