07 enero 2009

500, no; 1, tampoco.

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No seremos los primeros en recordar que el padecimiento en la cruel contienda palestino-israelí la soportan mayoritariamente personas ajenas a los centros de decisión (¡Ay! ¡Qué poco durarían las guerras –de hecho, podemos afirmar que ni siquiera empezarían– si en lugar de mandar al matadero a tirios y troyanos, fueran los generales y mandamases de las partes los que justaran entre ellos: uno a uno y a pecho descubierto!). Tampoco seremos los primeros en recordar que cada muerte concreta representa un acontecimiento infinito, un inabarcable e ineludible dolor para sus deudos, siendo por ello inaceptable que cualquier reacción –nuestra o de terceros– quiera obtener un plus de legitimidad en base a jugar con cantidades, siempre cosificadoras en su justiprecio, y no en la irreducible cualidad que a cada uno nos hace únicos e iguales al tiempo. 500, no; 1, tampoco.

¿Por qué nos enfurecen estos 500? Si como hemos señalado fuera la cantidad y no la calidad el gatillo de la manifestación de nuestra consternación, estaríamos obligados a advertir que es un juicio estético, y no un juicio ético, lo que encubre y motiva esa respuesta: transigimos con uno, pero la visión de 500 nos revuelve las tripas. Ya ni planteamos, por infame e inicuo, aquello que también pudiera ser, pero que debemos aventarlo para exorcizarlo: que el uno es de los otros, mientras que los quinientos son de los nuestros.

Uno de los mayores avances de nuestra Justicia Ilustrada, sino el que más, se corresponde tanto con la exclusión de juicios penales colectivos o indiscriminados como con el garantismo inherente a la contradicción exigida en un juicio. Los quinientos asesinados lo han sido en tanto que ajusticiados de forma colectiva e indiscriminada: encontrados culpables de crimen colectivo, y sin entrar en la calidad del juicio sumarísimo –no contradictorio– que se les ha aplicado, son inmolados a hierro y fuego en el banal altar de la Nación (israelí, en este caso).

Ninguna diferencia es posible encontrar, ni en la forma ni en el fondo, con el ajusticiamiento (asesinato) de uno bajo el hierro y el fuego de un cohete made in Gaza: otro más inmolado a hierro y fuego en el banal altar de la Nación (palestina, ahora). Ninguna, excepto la cantidad, que ya hemos visto qué oculta. Ninguna, fuera de creernos cargados de razón para exigirles a los nuestros (supuestos demócratas ilustrados: ellos y nosotros) que cumplan con los ilustrados Derechos Universales. Pero ¿por qué a los otros no se les puede –o debe– exigir ese cumplimiento? Racismo perverso, doblemente perverso, es éste, pues no sólo nos autosituamos entre los buenos, moralmente hablando, sino que dejamos por imposible a los otros: no exigirles el buen hacer es no reconocerles capacidad de poder obrar con bondad.

Las causas: esas extrañas razones que de todo dan razón. Si B ocurre después de A, entonces A es la causa de B. Si tiran cohetes, entonces los arrasamos; si nos aíslan, entonces les tiramos cohetes. Falacia sobre falacia. Aceptar la existencia de un mecanismo que de forma necesaria e ineluctable transmite sentido entre las proposiciones de cualquiera de las dos implicaciones intimidatorias es no ver la trampa en que cae quien amenaza. Aún más, es no ver cuál es la verdadera amenaza; y al dimitir de descubrir la trampa y la amenaza real, renunciamos a cualquier posibilidad de crítica racional.

Ya otros analistas y politólogos han determinado argumentadamente cuán intrincadas están las acciones y reacciones (que no causas y efectos en su sentido fuerte) de las partes contrincantes, por lo que no abundaremos en ello. Deberíamos obligarnos, en cambio, a una suspensión del juicio (en el sentido de suspender la voluntad o el propio deseo), de tal manera que lo obvio no colapse nuestro sentido. Una suspensión que nos permita descubrir la amenaza que da sustancia ontológica al ser de cada contrincante, y así, siguiendo a Rafael Sánchez Ferlosio, hacerle ver hasta qué punto al amenazar al otro no sólo ha renunciado a su libertad de elección –pues enuncia su apuesta de tal forma que ni tan sólo él podrá apelar–, sino que (y aquí está la siniestra trampa) ha puesto su destino en manos de su contrincante.

Nada descubriremos al indicar cuáles son esas amenazas conformantes, pues en los dos casos son una y la misma: la destrucción del otro en tanto que pueblo. Mientras no se desactive esa amenaza ("desaparece como pueblo o te destruyo"), remover las ulteriores amenazas (que no son sino fideicomisas de la principal y siempre contingentes) devendrá un trabajo sisífico: seguramente necesario, pero extenuante y sin final.

(07/01/09)

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