12 junio 2006

Ignatieff y la fe

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A Ignatieff se le nubla el juicio y le consume la desesperación por la sonrisa con que un docto islámico acoge su falta de respuesta ante el ataque que el religioso hace a la intuición como base legitimadora de los Derechos Humanos. Y no debiera. Es cierto que la intuición es la base de los Derechos Humanos, y también es cierto que la base de la religión musulmana -de hecho, de toda religión- es la fe ¿Y que hay detrás de la intuición y de la fe? Tan solo la creencia de obrar correcta y legítimamente sin ninguna otra argumentación: estamos pues ante el mismo procedimiento. Si somos laicos, le llamamos intuición; si somos religiosos, le llamamos fe. Pero ¿son iguales, la intuición y la fe? No, claro. Los que abogamos por la intuición sabemos de su falibilidad, y por ello estamos dispuestos a aceptar y hacer nuestras las críticas argumentadas, y eso, que aparentemente parece debilidad, de ahí la sonrisa de suficiencia y de perdonavidas que el docto islámico le dirigió a Ignatieff, significa confianza en nuestra propia capacidad de pensar y de “encontrar respuesta propia, trabajo duro donde los haya” (Ignacio sotelo, “Pensar por simismo”, El País, 03/09/05), mientras que la fe religiosa, en esencia infalible, tan sólo en apariencia es sólida, de ahí la congoja de Ignatieff ante la apabullante presencia de la fe del musulmán, pues lo que esconde es un miedo, nada más que un tremendo miedo ante la responsabilidad de pensar.

03/09/05

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