13 septiembre 2006

Determinismo y predestinación

Determinismo y predestinación no es lo mismo. Las leyes predeterminan hasta donde pueden, hasta que se encuentran con las fluctuaciones azarosas -el azar (1): ¿epistémico u óntico?-, la ciencia es, digámoslo así, determinista entre fluctuación y fluctuación. Einstein, como Galileo, como Newton, fueron –vieron - verdaderas fluctuaciones…

La predestinación sabe del fin: es teleonómica. Da por hecho que existe un objetivo, un destino, un proyecto que cumplir, y que debe ser –será– cumplido, acertado, encajado. Sabe de la inevitabilidad de la culminación de lo que ha de ser... así que, pues será, ¿a qué oponerse? Sabe de los efectos, no importando que causas los provoquen.

EL determinismo sabe del origen: es cosmológico. Da por hecho que existe un inicio, un principio, una base que sustenta lo que ha de ser, y que será, por ley natural y contra toda milagrería, esoterismo o magia. Sabe de la inevitabilidad de lo que ha de ser, pues es ley, así que ¿a qué oponerse? Sabe de las causas, aunque por el azar no sepa de los efectos.

Lo que en la predestinación es fe, en el determinismo es intuición. Lo que en el determinismo es estoicismo, en la predestinación es dejación. Lo que en predestinación es la apokaradokia tes ktiseos ten apokalupsin (San Pablo, Romanos 8, 19 "la ansiosa espera de las criaturas por la Revelación"), en determinismo es ansiosa agitación por desvelar (aletheia) lo velado (lethe). Se parecen, pero no son lo mismo (2).

Existe una zona gris entre determinismo y predestinación, una twilight zone que, cual tobogán, nos puede arrojar de lo científico a lo gnóstico, de la predicción a la profecía, de la ley al sortilegio. Blair se equivoca cuando predestina a los hijos de las familias desestructuradas a seguir en la onerosa cadena de ser creadores de nuevas familias desestructuradas. No se equivocaría si viera a los factores socioambientales –económicos, culturales, educativos, instructivos, políticos– como potentes determinantes (pero no únicos: hay que dejar hablar a las responsabilidades individuales en la decisión, así como a los determinantes genéticos) de lo que en el futuro alcanzarán a ser.

Como dice el bolero (3): “El mar y el cielo, se ven igual de azules, y en la distancia parece que se unen. Mejor es que recuerdes que el cielo es siempre cielo [de la predestinación]. Que nunca, nunca, nunca el mar [del determinismo] lo alcanzará” ¡Por suerte para los que sabemos, queremos y deseamos vivir en el mar!

Que necesitemos que la vida tenga un objeto, u objetivo (somos, o necesitamos creer ser, teleonómicos) y que la vida lo sea (decimos que la vida tiene un objeto, u objetivo) no es lo mismo. Yo bien puedo racionalizar la muerte (la de otros, claro) pero me equivoco si de eso infiero que puedo racionalizar MI muerte. Una potente mirada racionalizadora sobre la realidad, la naturaleza, nosotros mismos tan sólo consigue una no menos potente imagen racionalizada de la realidad, de la naturaleza, de nosotros mismos, sin que ello signifique que ninguna de la tres imágenes deban concordar con lo que quieren representar.

Que un científico sepa a que atenerse con respecto la vida (es decir, sabe que no tiene objeto, que no es teleonómica), y acepte que la vida –la naturaleza- no tiene objeto ni objetivo no significa que él, el científico, no actúe visceralmente en su labor y profesión como sujeto teleonómico ¿cómo encontraría, si no, objeto a los que hace? ¿cómo evitaría plantearse el coste vital, si no hace de su labor un objetivo, y de él mismo un objeto instrumentalizable para el fin? Cosa que, por otra parte, y como objeto pasivo de sus descubrimientos, le agradezco –a veces, no siempre–, a él y a los que son como él.

El caospolita (4) (versión pos-cínica, de kínicos (5) los filósofos ‘perros’, no de cínicos en su acepción 1, 2 y 5 de la RAE) no solo sabe a qué atenerse con respecto a la vida –ahí andaría parejo con el científico mentado–, sino que sabe de lo fundamentalmente inútil que es buscar objeto u objetivo a cualquier acción: la categoría de lo útil es una trampa tremenda, sólo equiparable a la categoría de lo rentable y e lo eficaz.

Un nihilista, por definición propia, debe ser teleonómico –algo busca con la destrucción- y debe sentirse predestinado, pero nunca cínico-caospolita.

Un terrorista busca su destino, pero no como un ejercicio de desvelar lo velado, sino con el ansia de que, por fin, le sea revelada la vedad, en su caso: la Verdad.

Un artista, si alcanza la poiesis (6), o mejor, para alcanzar la poiesis – la creación desde la nada, el desvelamiento de lo oculto, y que por ello no se puede saber que es- no puede ser teleonómico: no puede saber qué busca. Si lo sabe, no pasará de ser un buen o tal vez muy buen artesano.



(1) Debo la idea de la existencia de dos azares, el óntico y el epistémico, a Jorge Wagensberg (Ideas sobre la complejidad del mundo, Ed. Tusquets, 2003).

(2) Debo el tercer punto y seguido a Giorgio Agamben (LO ABIERTO, El hombre y el animal, Ed. Pre-Textos, 2005).

(3) Debo el bolero “El mar y el cielo” a Julio Rodríguez (música y letra):

- (para oirlo, pincha aquí)

(4) Debo la idea de caospolita a mí mismo, mismamente: a día de hoy, las únicas referencias que hay en toda la web a este término son dos: las dos mías, más esta misma. No obstante, no pediré copy-right (¿?).

(5) Debo la idea de kínico a Peter Sloterdijk (Crítica de la razón cínica, Siruela Ediciones, S.A., 2003).

(6) Debo la idea de poiesis a Peter Sloterdijk (Eurotaoismo, Ed. Seix Barral, 2001).

13/09/06

03 septiembre 2006

La belleza

La belleza. Debo, ante todo, recordar la diferenciación que realiza Rafael Sánchez Ferlosio (éste, señores, éste si que es digno de ser mitificable) entre saber qué es algo y saber, sobre ese algo, a qué atenerse.

Ante la belleza yo sé a que atenerme, pero no sé que es. Me explicaré. La belleza se distingue de la hermosura en aquel punto de independencia y rabia de la que esta última adolece. Ustedes seguramente habrán visto un animal vivo, pongamos un lobo, y ese mismo animal disecado. Si bien formalmente son iguales, incluso en fotografia distinguimos la pequeña pero insalvable diferencia entre lo que nos es dado y lo que se guarda algo más alla de nuestra capacidad de dominar, de entender.

La belleza, así pues, es (y dejadme decirlo: tengo síndrome, tantos y tantos posts y sólo he utilizado una vez este palabro) es, como decía, irreductible.

Si intentamos reducir sus componentes a particiones y estudiamos las relaciones entre ellos, si deconstruimos sus significados y los obligamos a dejar de ser ambivalentes y polisémicos, si lo conseguimos, lo que obtendremos será algo hermoso, pero domesticado: ya no bello.

Que todo lo bello acabará siendo hermoso, no nos quepa la menor duda: es su destino obvio, por lo que es trivial decirlo.

¿Todo? ¡no! Como la pequeña aldea de Obelix, sólo aquello intrínsecamente bello permanecerá con algún punto irreductible, y su belleza, independiente incluso del propio creador, se mantendrá más allá de cualquier razón.

Dejadme que hable de una cuadro: “La silla de Van Gogh” (National Museum, Londres) de Van Gogh. Tuve la impertinencia de intentar racionalizarlo... Y sí, vi la exquisita técnica de los diferentes puntos de fuga del suelo, el juego que hace al evitar que las paredes tengan referencias espaciales, cómo se esconde humildemente en la caja de cebollas... Y ahora esa racionalización me hace recordar más las líneas de fuga que la indudable magia que el cuadro tiene ¡y lo siento por mí!

Ahora sé que se a qué atenerme con respecto a qué y como siento la belleza, pero ni sé qué siento ante la belleza ni qué es la belleza ni se a qué atenerme ante la belleza. Resultado: la belleza me golea por 3 a 1. Y eso me gusta.

26/08/06

25 agosto 2006

De memes y priones

Un meme (y me acojo a la definición de S. Pinker, "La tabla rasa") es una idea que obliga a estructurar el resto de ideas en base a ella. Hasta aquí el paralelismo de meme-prión es acertado. El prión fuerza que determinadas proteínas se estructuren en base a él (en el caso de los priones "malos", creo recordar que el problema es una articulación de alguna cadena de aminoácidos, que pasa de dextrógira a levógira, o viceversa).

Un meme "malo" (Dios, para los no teos, aquí mis reverencias a M. Onfray y su "Tratado de ateología") forzará a que nuestra estructura pensada se acomode a él con el consiguiente (según los no teos) descalabro estructural, pero un meme "bueno" (el átomo de Demócrito ¡vivan los epicúreos!) también provoca que la estructura pensada se arme siguiendo su criterio: y ahí está la ciencia.

Bajo mi opinión, un meme cultural es algo más parecido a un virus: es conceptualmente pequeño, pero matón; aparece necesariamente como inicio del proceso vital de un sistema (biológico o cultural), y sin él no se pueden entender los inicios; aunque se demuestre su maldad, no hay forma de erradicarlo totalmente -y cuando se consigue, como con el virus de la viruela, siempre hay un libro (tubo de ensayo) que lo mantiene in vitro-; etc.

Un prión cultural debe tener la apariencia de un concepto cultural, pero estructurado con, digamos, cierta mala baba. Tolerancia. Ésta palabra es, bajo mi punto de vista, un prión de los peores. Se nos ha colado en nuestra cultura y esta convirtiendo a toda la debida, obligada, necesaria y positiva Transigencia (la misma idea, pero levógira) en algo parecido, pero a todas luces peor: en la Tolerancia (disimuladamente dextrógira). La Transigencia nos permite ver al resto del mundo de tú a tú. La Tolerancia siempre conlleva un saberse mejor, compatible con el relativismo -merecidamente denostado- de ver a todo el resto igual: por debajo. Con la Transigencia (la proteína levógira) podemos criticar, porque somos objetivos; podemos negociar, porque somos asertivos; podemos acordar, porque nos vemos entre iguales. Con la Tolerancia (la proteína dextrógira) no podemos criticar: porque no está bien, ni es políticamente correcto, que los que más saben... los que más tienen... los mejores... humillen al resto; no podemos negociar, como mucho aceptamos la carga del otro y de sus otredades; no podemos acordar, pues bastante hacemos que les toleramos sus cosas.

Otros priones:

Solidaridad (la proteína dextrógira) contra Responsabilidad (la proteína levógira).

Eficacia (la proteína dextrógira) contra Eficiencia (la proteína levógira)

¿Se os ocurren más?

25/08/06

Cuba y sus ciudadanos

Demografía.

En Cuba, el 95% de los menores de 50 años han nacido bajo el mandato de Fidel Castro, lo que representa prácticamente el 75% de la población total. Casi el 75% de la población cubana tiene entre 18 y 89 años, de este porcentaje, más del 60% ha nacido bajo el mandato de Fidel Castro. Estos números no son fríos: son personas de carne y hueso, de mente ygenio. Son personas y punto.

Obviedad.

Si tras 47 años, etapa que representa toda la vida de más del 60% de los procesos vitales cubanos, el gobierno cubano no es capaz de tratar a los ciudadanos cubanos como lo que exige su integridad: ciudadanos mayores de edad, algo muy grave ha ocurrido y ocurre con los responsables y ejecutores de la administración cubana.

Trivialidad.

Nadie debe comparar el gobierno cubano con el gobierno chino o el gobierno estadounidense, ni para bien ni para mal. Nadie debe menospreciar la educación o la sanidad a la que tienen acceso los ciudadanos cubanos. Pero también nadie, y menos desde la izquierda, debe olvidar que "todo para el pueblo, pero sin el pueblo" es despotismo (ilustrado, en el mejor de los casos, pero despotismo) que trata a los ciudadanos como súbditos. Nadie es suficientemente bueno como para exigir la desaparición de la crítica, por dura y malévola que sea o aparente ser.

Y corolario.

En la mar, donde cada frase vale la vida, se dice: cuando piensas que algo se debe hacer, ya has hecho tarde.

(Datos obtenidos en esta dirección)

25/08/06

21 agosto 2006

"Todo es relativo"

Pues no.
Ni la inconmensurable folclórica (creo que fue Carmen Sevilla) ni la afilada y lúcida, periodista (Maruja Torres, la de la amarga sonrisa) le hacen ningún favor a nadie confundiendo a Einstein con un ignorante relativista, éticamente hablando, claro.

En momento alguno afirmó Einstein que el relativismo físico quepa en el continuo espacio tiempo. Antes bien, y por el contrario, afirmó que las leyes fundamentales (físicas, pero por qué no, añado de mi cosecha, también las morales, éticas o políticas: los derechos humanos, en toda su extensión) tienen el mismo valor en cualquier conjunto espacio-temporal (aquí, o en la China, USA, Cuba, Nigeria, etc) independientemente del sistema de coordenadas (sigo añadiendo: o parámetros morales, éticos o políticos) desde donde se analicen.

Todo fenómeno, dice la ley relatividad general enunciada por Einstein, está relacionado con el lugar y las circunstancias donde se produce dicho fenómeno, sí, pero está relacionado también y con la misma fuerza con el resto del Universo (y aquí el relativismo moral, ético y político muere) a través de las leyes fundamentales que se cumplen (o deberían ser cumplidas, si habláramos de las leyes fundamentales morales, éticas o políticas: la ablación del clítoris aquí o en Egipto, ahora o hace mil años incumple una ley básica, sin que excepción cultural alguna pueda plantearse, ni siquiera como intento de racionalización) inexorablemente.

No, queridos, no. Einstein nunca apoyó el relativismo, y su ley de la relatividad general permite relacionar todo fenómeno con todo lugar, independientemente del fenómeno, del lugar de referencia y del lugar de áquel que lo referencia, por lo que poco hay más absoluto que una ley que, si bien no predestina, si que acerca la realidad, por desentrañamiento de lo azaroso, a la predeterminación.

Dejemos hablar a Einstein (según traducción de Miguel Paredes Larrucea) y su enunciado de la ley de la relatividad general: "Todos los sistemas de coordenadas gaussianas son esencialmente equivalentes para la formulación de las leyes generales de la naturaleza". Ahí queda eso, y que los relativistas me aten esa mosca por el rabo.

21/08/06